La tarde cayó con amenaza de lluvia sobre Guayabal, pero nadie parecía dispuesto a irse. En la carrera 65D con calles 25A y 26, el parque principal ya respiraba música antes de que la primera gota tocara el suelo. Allí, donde se levantó la tarima de En Calles de Cultura, comenzó a tejerse una despedida que no sonaba a final, sino a celebración persistente.


El tablado crujió con las primeras pisadas del grupo Milenio, encargado de abrir la jornada. Sus ritmos de hip hop, rap y reguetón marcaron el pulso de un sábado 28 de marzo que, pese al cielo gris, se fue llenando de color. La lluvia llegó temprano, intensa, casi desafiante, pero no logró vaciar el parque. Al contrario: parecía que cada gota convocaba a más gente.

Niñas, niños, adolescentes y jóvenes fueron ocupando el espacio poco a poco, como si la música los guiara desde cada rincón de los barrios La Colina, Cristo Rey, Campoamor y Trinidad. Algunos se refugiaban bajo capuchas improvisadas, otros simplemente aceptaban el aguacero como parte del espectáculo. Porque lo era.

Sobre el escenario, la energía no se negoció. Cada presentación fue un acto de resistencia alegre, un recordatorio de que el arte no se suspende por mal clima. Entre todas, destacó el pulso firme de Voces Callejeras, que mezcló música y grafiti con una convicción que no se dejó intimidar por la lluvia. Sus trazos invisibles —porque el agua borraba lo inmediato— parecían quedarse, sin embargo, en la memoria del público.

Fueron 18 presentaciones las que dieron forma a esta jornada, todas nacidas desde la misma juventud que habita y transforma el territorio. Allí, en los cuatro eventos estuvieron: Super Orquesta Los Núñez, Los Rubiales de Colombia, Aires de Guayabalía, La Chispa de la Vida, Stereo Summer, Las Indianas, Kim y Akorde Musik, nombres que, más allá de la tarima, representan una escena viva que insiste en crecer.
Años atrás, Guayabal concentraba su apuesta cultural en un solo gran evento, una especie de vitrina diversa donde convivían géneros musicales, manualidades y gastronomía. Hoy, en cambio, la cultura se dispersa y se multiplica: cuatro barrios, cuatro encuentros, una misma identidad que se expande.

Cuando la lluvia cedió, el parque no era el mismo. El suelo mojado reflejaba luces, pasos y rastros de una jornada que se negó a apagarse. La música seguía vibrando en el aire, incluso cuando los parlantes empezaban a callar.

Y así terminó En Calles de Cultura: no con un cierre, sino con una promesa. La de una comuna que encontró en sus calles no solo un escenario, sino una voz propia que, incluso bajo el aguacero, decidió seguir sonando.
Niñas, niños, adolescentes y jóvenes fueron ocupando el espacio poco a poco, como si la música los guiara desde cada rincón de los barrios La Colina, Cristo Rey, Campoamor y Trinidad. Algunos se refugiaban bajo capuchas improvisadas, otros simplemente aceptaban el aguacero como parte del espectáculo. Porque lo era.

Sobre el escenario, la energía no se negoció. Cada presentación fue un acto de resistencia alegre, un recordatorio de que el arte no se suspende por mal clima. Entre todas, destacó el pulso firme de Voces Callejeras, que mezcló música y grafiti con una convicción que no se dejó intimidar por la lluvia. Sus trazos invisibles —porque el agua borraba lo inmediato— parecían quedarse, sin embargo, en la memoria del público.

Fueron 18 presentaciones las que dieron forma a esta jornada, todas nacidas desde la misma juventud que habita y transforma el territorio. Allí estuvo también el eco de agrupaciones como Super Orquesta Los Núñez, Los Rubiales de Colombia, La Chispa de la Vida, Stereo Summer, Las Indianas, Kim y Akorde Musik, nombres que, más allá de la tarima, representan una escena viva que insiste en crecer.
Años atrás, Guayabal concentraba su apuesta cultural en un solo gran evento, una especie de vitrina diversa donde convivían géneros musicales, manualidades y gastronomía. Hoy, en cambio, la cultura se dispersa y se multiplica: cuatro barrios, cuatro encuentros, una misma identidad que se expande.
Cuando la lluvia cedió, el parque no era el mismo. El suelo mojado reflejaba luces, pasos y rastros de una jornada que se negó a apagarse. La música seguía vibrando en el aire, incluso cuando los parlantes empezaban a callar.

Y así terminó Calles de Cultura: no con un cierre, sino con una promesa. La de una comuna que encontró en sus calles no solo un escenario, sino una voz propia que, incluso bajo el aguacero, decidió seguir sonando.

Algo queda claro, si se quiere seguir disfrutando activamente de este lindo espectáculo, hay que votar masivamente entre familiares y amigos en el programa de Presupuesto Participativo por el componente de Cultura.